Danubio, verde y plata II

Por qué Budapest es un lugar al que siempre quiero volver es fácil de explicar, pero entrando, como en esta ocasión, por el Danubio las palabras sobran…

Sobran ante la belleza, la grandiosidad, la elegancia de un edificio que por sí solo merece una visita a la ciudad. El Parlamento de Budapest merece un ritual especial: te sientas en cubierta, pides una copa de vino y dejas que el tiempo te acaricie.

Budapest además tiene la belleza del ayer, de esa época en la que el hierro se hacía óleo en la lejanía, con esos puentes impresionantes ( y eso que en esta ocasión el de las Cadenas estaba oculto por andamios) que nos trasladan a otra época; esa en la que quizá empezó la modernidad.

La visión de los puentes sobre los ríos tiene un pálpito de decadencia, de vivencia de otro tiempo, y un paseo por ellos y las orillas de los ríos es uno de los mayores placeres que se pueden sentir.

Budapest tiene una belleza que subyuga, la de un lugar donde pasear y respirar. Desde el barco vemos una de sus dos partes: Buda, donde cruzamos para visitar el Palacio Real, hogar de los reyes de Hungría.

Reconstruido en varias ocasiones desde el siglo XIII, el lugar donde está ubicado el llamado Palacio Real permite una impresionante vista de la otra parte de la ciudad: Pest.

Un momento de paz, un cerrar los ojos para fijar la belleza de esta ciudad.

En esta zona también está uno de los lugares que una hedonista no se debe perder: el balneario Gellert, donde decidimos pasar una tarde.

El magnífico edificio, de exterior clásico e interiores Art Nouveau, alberga una de esas experiencias para no perderse.

Uno se deja acariciar por las aguas, disfruta del calor tanto como de lo fresco, el interior y el exterior.

Sentirse emperatriz como si habitara las termas de Caracalla, soñar con la vida serena del disfrute, contemplar la belleza de la decoración y abrazar la felicidad. Todo eso es Budapest. Todo eso son sus baños.

Paseamos por sus calles, nos empapamos de belleza, de modernismo, de monumentalidad, del más auténtico clasicismo

a la más potente modernidad y sencillez.

Todos los estilos arquitectónicos le quedan bien a esta ciudad, que parece arrullarte con aires de París, Viena y hasta la mismísima Venecia.

Caminamos por la historia de sus héroes, sintiéndonos super heroínas, satisfechas de sentir el calor del sol en nuestra piel, como si fuésemos uno de aquellos jinetes húngaros que recorrieron las estepas enseñando nuevas formas de cabalgar.

Historia y cultura, en una ópera que eclipsa la de Viena aunque el imperio lo negara, así como David había acabado con Goliat.

Budapest es también vida diaria de la calle, las nuevas tecnologías al servicio de la actividad diaria, como en el mercado,

bello y colorido por dentro y por fuera.

Budapest es el encuentro de culturas y confesiones. De la catedral de San Esteban, con su imponente fachada y su sobrecogedor interior, que además

ofrece un espacio especialmente importante para los fieles húngaros por albergar su reliquia más importante: la mano de San Esteban. (precioso es el cofre que la alberga),

a la Gran Sinagoga, la segunda más grande del mundo después de la de Jerusalén, con su cementerio judío,

corazón de un barrio judío donde se respira vida, y del que no podemos irnos sin tomar algo en el Café New York,

fantasía de luces y dorados donde sentarse a degustar cualquier plato es como sentarse a la mesa del palacio imperial.

Lo mejor de viajar es deambular, ese recorrer calles sin rumbo, ese descubrir bellezas inesperadas, de esas que no están en las guías.

Es regodearse en las cosas que nos gustan: un edificio, un café,

una escultura curiosa;

hasta que te topas con la grandiosidad de eso que no debes perderte en Budapest: el impresionante, impactante e imponente edificio del Parlamento.

Lo vi hace años en negro; hoy luce blanco, casi hiriente al sol, magnífico. Sobran las palabras. Aquí hay que sentarse y respirar, sentirse pequeñito y sonreír.

Nunca había estado en su interior; craso error, pues sin duda está a la altura del exterior; magnificencia y belleza, eso es lo que aporta.

Cada una de sus salas, hasta llegar a la de la corona real (no fotografiable) parece sacada de un cuento de las mil y una noches a la europea. Abrumador.

Y la noche… ¡Cómo es la noche en Budapest!

Apasionante, viva, divertida, luminosa…

acompañada, serena, relajante,

verdaderamente impresionante.

Creo que sufrí el síndrome de Stendhal, no podía marcharme de allí. De aquel lugar donde volaban los pájaros en círculos, como si fueran estrellas fugaces. Belleza en estado puro. Un momento de parón para pensar que todo lo pasado estos dos últimos años había merecido la pena por vivir un momento como ese.

De noche navegar se vuelve indolente, misterioso, evocador, con la onírica visión de lugares que nos parecen distintos. A nuestro paso por Esztergom, la catedral nos parece irreal, como si levitara…

Volvemos a encontrarnos con el Danubio otra vez verde y plata, tan bello y sereno que resulta para muchos el lugar ideal para vivir.

Con la tranquilidad que da el saber que se disfruta cada minuto y que además se va a seguir haciendo, llegamos a otro de nuestros destinos estrella: Bratislava.

Bratislava nos saluda con su castillo en lo alto, y aún no sabemos que nos va a atrapar para siempre.

Con la belleza de sus construcciones,

el sonido de sus calles,

la armoniosidad de sus plazas,

la monumentalidad de sus edificios,

la luz de sus coloridas fachadas.

Pero Bratislava es además una copa helada de vino blanco,

una librería de las de abrazo,

un capricho de tiendas donde caer en tentaciones,

un sonreír con mil detalles en las calles,

un disfrutar de un trago fuerte de cerveza,

un sorprenderse con un Modernismo imposible…

Bratislava ha sido como encontrar una perla en una ostra, como mirar por vez primera unos ojos que van a enamorarnos, como volver a una casa que aún no conocíamos.

Te despido Bratislava, pero no para siempre. Hubiera querido quedarme, sacar mi cuaderno y plasmar cada sensación. Hubiera querido saber pintar, para colocarte los colores, esos que regalas sin pudor.

Seguimos caminando en sueños por encima de las aguas, de escenario de cuento a escenario de cuento. Y cuando ya creemos que no puede haber más belleza, nos encontramos en Durnstein.

Durnstein es la belleza de los rincones,

el color de puertas, ventanas, paredes,

el sol y la sombra de sus calles,

la paz del paseo y sus alrededores (con razón aquí se citaron por primera vez Felipe y Letizia).

Uno puede sentirse bien consigo mismo contemplando un lugar como este.

Puede soñar, volar o llorar. Todo vale.

O puede volver, o recuperar el aroma con una copa de vino, haciendo honor a los campos de viñedos que nos abrazan con su verdor, o sentirse fuerte como Ricardo Corazón de León, que habitó su castillo.

Uno puede sentirse grande, capaz, eufórico incluso, reencarnarse en la emperatriz Sissi y remontar el Valle del Wachau al encuentro del amor, como cuando éramos jóvenes y respirábamos candor… Uno se vuelve joven aquí.

Y entonces llegas a Melk. Y el sonido del canto gregoriano te inunda la mente y te cierra los ojos para envolverte en la biblioteca de una abadía que te atrapará.

Melk también es belleza típicamente austríaca, de esa de reminiscencias alpinas, toda ataviada con los colores más suaves de la paleta.

Melk tiene la solemnidad del gusto imperial,

la naturalidad del amor a la tierra

y el brillo de plata del río.

Todo se acaba.Vuelta a Passau, punto de partida.

Pero no importa, porque «la belleza subsistirá en el recuerdo».

Hemos recorrido el Danubio de la mano del libro «El Danubio», de Claudio Magris, que nos explica, de forma brillante, la esencia del entorno del río y el cómo y el porqué de los acontecimientos que en él tuvieron lugar.

Si os ha gustado el viaje, podéis ver videos en mis storys de IG @carvillafuertes

Danubio, verde y plata I. Agosto.

Hoy viajamos plácidamente, deslizándonos sobre las aguas del Danubio, envueltos en belleza, historia y música. No importa nada si no es azul.

Partimos de Passau, donde una fantástica lluvia nos abraza haciendo que los colores nos brillen aún más.

Passau, la ciudad cuya catedral puede presumir de tener el mayor órgano del mundo, es un magnífico lugar para pasear, desde la orilla del Danubio

hasta la plaza del ayuntamiento, cuyo edificio es de una belleza limpia, con esas pinturas que llevan al pasado más heroico de la ciudad.

Buen lugar también para tomar contacto con la gastronomía alemana, y nada mejor para ello que visitar una cervecería donde calmar hambre y sed. Nada más germano que un buen trago de cerveza.

Aquí comienza nuestra andadura, nuestro paseo por el Danubio, y la belleza nos saluda ya.

El adiós a Passau nos traslada a París, y su isla de San Luis… Puestos a soñar, cuanto antes empezar, mejor.

La travesía fluvial es una de esas experiencias que hay que vivir. Quizá era que mi momento era el adecuado, que la belleza de estos paisajes es abrumadora; el caso es que desde el principio supe que no me había equivocado.

Viajar en barco fluvial es como ir en tren, pero sobre las aguas. Es deslizarse suavemente por el descanso y la paz: es apretar contra el pecho el libro que estamos leyendo, sabiendo que aquí no lo terminarás.

Viajar en barco fluvial es sumergirse en pueblos de cuento, respirar con aire sereno y ver pasar el tiempo sin que te importe nada.

Entramos en Austria con la mente ya en nuestra idolatrada Sissi, recorriendo el camino que ella misma hizo para encontrarse con su emperador. La historia nos acompaña, y también las leyendas que curtieron nuestra infancia.

El verde que nos rodea es hoy monte y río, hoja y agua. Si el Danubio no es azul, es porque es verde y plata.

Nuestro destino es la capital del Imperio: Viena; una ciudad que nos recibe con su típico decorado de ciudad histórica, entre los soplos de la gran emperatriz María Teresa y su tremendo poderío de Hofburg,

las maravillas de un modernismo que, con la arquitectura de Otto Wagner nos atrapa el alma con dos manos: en sus estaciones,

su Palacio de la Secesión, de gusto onírico,

y sus casas, como la Mayolica, donde vivir debe ser como soñar en voz alta.

La grandiosad de sus edificios, como la iglesia de San Pedro o la Ópera (más impresionante por fuera que por dentro, por cierto),

contribuyen a darnos una idea de lo que esta ciudad fue en otro tiempo; un tiempo que nadie como Zweig, oriundo de esta ciudad y sin cuya lectura no se debería pisar esta tierra, ha sabido reflejar y analizar. Nadie como él para entender hoy día qué supone ser europeo.

Pero Viena no es sólo eso. Viena es un schnitzel (su plato más típico) degustado en el mercado,

un café con dulce en el Café Central, donde te parece que eres tú el emperador

o, el cúlmen de los placeres, una tarta Sacher en el hotel Sacher, compartiendo mesa con el espíritu de la mismísima Elisabeth.

Viena es, además, un concierto de música en ese lugar mágico donde, en sueños, empezamos cada primero de enero un nuevo año,

un deambular por sus impecables galerías repletas de tiendas de decadente elegancia,

pasear por sus bulevares de teatro arquitectónico,

con sus edificios de belleza impertérrita,

o con la compañía de lo más clásico en sus parques siempre verdes y siempre prestos.

Viena es además, una explosión de barroco en su centro más histórico, con su imponente catedral, de techo de cuento, donde subí en mi juventud y no he vuelto a hacerlo por mi recalcitrante vértigo, y agujas inverosímiles. Todo un prodigio de elegancia en medio de un barrio de edificios a cual más atractivo.

Algunos, de increíble toque veneciano mezclado con un barroco europeo;

otros, de impresionantes interiores como la iglesia de San Pedro, todos capitaneados

por la columna de la Salud, en clara alusión a la petición de los fieles del goce de la buena salud. Que no nos falte nunca.

Y, como colofón, nada mejor que despedirse en el Palacio Belvedere, entre sol y nubes, deslumbrados los ojos por la blancura de un edificio impresionante.

Un edificio impresionante por dentro y por fuera, y que alberga uno de los mayores tesoros de la ciudad. (Ay, el Modernismo).

Intuimos desde el comienzo que va a ser una visita inolvidable, uno de esos momentos que valen por todo un viaje: vamos a encontrarnos, entre otros muchos tesoros, con nuestro adorado Klimt.

Ver «El beso» en directo corta las palabras, serena el ánimo y humedece el lagrimal. Pura emoción.

Aunque si me dieran a elegir, quizá me quedase con Judith. Suerte que puedo disfrutar de las dos.

Y hasta de mi querida Sissi. Volver a la adolescencia es a veces un grato ejercicio.

Desde el Belvedere decimos adiós a Viena… Y su aire imperial.

Tomamos nuestro barco y continuamos ruta, disfrutando de la tranquilidad de la navegación fluvial. Nada mejor para un descanso del alma que ese deslizarse lentamente en verde, rodeados de pequeñas casitas y barcazas de pescadores.

Como un regalo, y aunque no será ahora cuando la visitemos, pasamos de noche por Bratislava que ya nos envuelve con su magia. Pero no nos adelantemos. Cerramos los ojos y sentimos…

Cuando los abrimos, hemos amanecido ya en Hungría, y hasta parece que el aire tiene otro olor.

Paramos en el que se considera el centro religioso de todo el país: Estzergom, con su imponente catedral, la más grande de todo el país.

La belleza de su interior casa con la grandeza del exterior, con ese aire de templo clásico que amedranta desde que se intuye al entrar en la zona. Uno se traslada, por un momento, al Vaticano, como si estuviera en la plaza de San Pedro frente a su basílica.

Por si esto fuera poco, en el exterior podemos disfrutar de unas vistas de infarto, con el Danubio dividiendo dos países: Hungría y Eslovaquia. Pura belleza. Respirar y seguir.

Respirar porque lo que viene es la causa principal del viaje; el lugar al que siempre quisimos volver, ese que seguro nos volverá a ver: Budapest.

Pero eso será la próxima semana.

El placer mejor en pequeñas dosis.

Si os ha gustado y queréis verlo en movimiento, encontraréis vídeos de todos los lugares en mis destacados de Instagram. @carvillafuertes.

Viajar también es soñar.

Libros queridos

Hoy leemos libros que queremos especialmente, por su belleza o su contenido. Esos libros que serán releídos en algún momento porque han llegado hondo.

«Stoner», de John Williams, es un libro que habla, nada más y nada menos que de la vida. La vida gris, cotidiana, sin brillo: la vida de todos y cada uno de nosotros, donde no pasa nada y pasa todo. Y no hay nada más importante. Este libro habla de amor; de amor del que queda, del que perdura; del que uno no quiere salvarse.

«Adiós, Señor Chips», de James Hilton, es un libro bello; bello en contenido y forma, bello en el homenaje que hace a la figura de ese profesor, ese «maestro» que todos hemos tenido y que marcó de alguna forma nuestra vida. Porque todos debemos algo a alguno de ellos.

No es fácil escribir como lo hace Fernando Aramburu. En «Los Vencejos», de nuevo nos muestra la altura de sus letras. En esta ocasión con una historia que celebra la vida diaria, esa en la que no pasa nada trascendental, en la que las horas se desarrollan sin prisa ni emoción. Aramburu nos pone frente a la disyuntiva del amor que cura, entre la aceptación y la renuncia, entre la vida y la muerte. Todo con un toque de humor ácido que hace de su lectura un placer literario. La maestría de hacer de lo ordinario extraordinario solo es de los grandes.

«El año del pensamiento mágico» es un libro necesario. Un libro del que aprender a dejar de llorar. Un libro que habla de la ausencia sin aspavientos ni plañideras, con la belleza de la honestidad. Para aprender a dejar ir y perder el miedo a la oscuridad.

«El perfume de las flores de noche», de Leila Slimani, es uno de los libros más bellos que he leído últimamente. Porque es belleza en su puesta en escena, porque habla de la tiranía de la pluma del que escribe, porque entra de lleno en el alma de quien vive con una pluma en la mano, de quien sabe que ésa es la manifestación más grande de su libertad. De los que me llevaría a una isla desierta.

A veces los libros son como la vida: emocionan y duelen. Leer «Las gratitudes» de Delphine de Vigan fue como ver pasar por delante de mis ojos la vida que vivo cada día, con todos sus claros y sus sombras. Con todo lo que de amor tiene. Con todo el miedo a la decadencia, al adiós; buscando siempre la luz en lo que nos la pueda dar. Nada más fascinante que la dureza escrita con amor.

De todos los libros encontraréis más comentarios en mi cuenta de IG o Facebook @carvillafuertes.

Comemos por el mundo

Nos gusta disfrutar de la comida de otros países, acercarnos a la cultura a través de los platos, degustar delicatessen que nos hagan viajar…

Volamos a Italia, una de las cocinas que más nos gustan, en el restaurante Villa Capri, lugar que nos atrae tanto por su gastronomía como por su original decoración.

El juego de la luz en los espejos, la disposición de mesas y estanterías y la interacción de esculturas, barras y espacios convierten el espacio en un escenario de cuento.

Optamos por comenzar con un plato de alcachofa, que tan bien saben preparar en Italia.

Seguimos con pasta (¡Cómo no!). En esta ocasión, Papardelle al ragú, cocinado casero, con hinojo, pomodoro y pecorino.

Probamos también los raviolis rellenos de crema de carbonara con un toque de queso picorino. Un deleite para los sentidos.

Probar una pizza es incuestionable. Nuestra elección: la sencilla; pizza Margarita, un valor seguro.

Pasamos un buen rato disfrutando en este original espacio.

Y nos vamos contentos.

De Italia volamos a Líbano, a Marruecos. Nos metemos en la primera jaima en Madrid para disfrutar de un espacio de aires árabes con influencias mediterráneas e influjo andalusí.

Un espacio cómodo, muy bien iluminado (sólo está abierto para cenas) donde podemos además disfrutar del folclore árabe. Incluso podrás bailar si te atreves.

Comenzamos la cena con entrantes variados típicos de la cocina árabe, cuyo sabor nos lleva directamente al mundo de «Las mil y una noches».

Compartimos un pan libanés con pollo marinado a la plancha, pepinillo y salsa de ajo, realmente delicioso.

Lo acompañamos de croquetas de verdura, cebolla y perejil, suaves y muy sabrosas.

El humus y la pita acompañan a los pinchitos de cordero especiados al carbón, como remate de una comida de marcado estilo árabe. Lo hemos disfrutado.

Como colofón a una cena magnífica, tomar una copa en el jardín es una buena opción. Además, el restaurante propone toda una serie de combinados originalísimos, con leyendas a cual más peregrina. Otro motivo de divertimento.

Nuestra última opción de hoy nos lleva al otro lado del Atlántico: al mismo Brasil.

Guanabara es un restaurante brasileño que combina la decoración más moderna y acogedora con las más variadas opciones gastronómicas, en una nueva opción de self service y servicio de carnes en plato al estilo «churrasqueiro».

Espejos, plantas y luces acompañan los platos que se ofrecen a la degustación, desde ensaladas, platos fríos, mariscos, salazones y embutidos,

hasta las más apetecibles opciones de carnes, servidas desde los típicos pinchos brasileños directamente al plato.

Una vez que señalas tu mesa en verde, los camareros te proponen todo un abanico de carnes: de ternera, de vaca, de cerdo; a cual más deliciosa.

Una opción adecuada para cualquier momento, entretenida a la vez que sabrosa, en un entorno que resulta íntimo y agradable.

DÓNDE:

Villa Capri

C/Hortaleza 118

Madrid

Nómada

C/Serrano 41

Madrid

Guanabara

C/ de Medea 4

Madrid

Los cuadros de Tita

Hoy paseamos por la parte del museo Thyssen Bornemisza que corresponde a la colección privada de la baronesa, y que ha sido recolocada, después del acuerdo con el gobierno para su exposición en los próximos quince años, en la planta baja del museo. 175 obras importantes de diversas etapas que suponen un paseo tremendamente interesante por la historia de la pintura universal.

Nos da la bienvenida una de las cuatro esculturas que el abuelo del barón Thyssen le encargó a Rodin, que con su blanquísima belleza, presiden esta colección que la baronesa Thyssen ha ido elaborando desde 1996 y que viene a completar la colección familiar, siendo una de las colecciones particulares más importantes del mundo.

La baronesa comienza su colección con una gran aportación del barón, del que hereda el gusto por la pintura de Canaletto, en una muestra del espíritu que envuelve esta colección: el amor por los «paraísos perdidos». La primera parte de la colección muestra ejemplos sobresalientes de la pintura anterior al siglo XVIII, como Fragonard o Boucher.

Una gran cantidad de obras impresionistas hacen de esta colección una de las más importantes del mundo, con las que Carmen Thyssen eleva la colección de la familia a un nivel aún más alto. La siguiente sala está dedicada a los grandes nombres del movimiento impresionista.

Obras de Pisarro, Monet, Renoir, le dan una categoría única a esta colección, tanto desde el punto de vista artístico como de puro goce.

Siempre el paisaje como línea conductora, siempre ese vuelo a lugares bellos, paradisíacos…

En la siguiente sala, encontramos el «mundo Gauguin»: los nombres de los artistas del post-impresionismo que favorecieron la llegada de su obra, como Maurice Denis, del llamado grupo «nabi», precursor de una nueva forma de entender la pintura y su factura, con especial atención al color y que tiene ya atisbos de simbolismo.

Émile Bernard, precursor del «cloisonismo» que llegaría a su culminación con la obra de Gauguin,

o Paul Sérusier, en un avance ya directo al arte de Gauguin.

La colección comprende obras desde el siglo XVII al XX, manteniendo un hilo conductor en el gusto de la baronesa por el paisaje y el impresionismo, mostrando obras del primer Van Gogh como figura señera del post-impresionismo y del que encontramos algunos de los pocos ejemplos de su arte que pueden encontrarse en España.

Y llega el momento culminante de la visita; aunque de verdad nos sería muy difícil elegir uno de los cuadros que hemos visto, sin duda Gauguin tiene un papel fundamental en la colección. Todas las características del post-impresionismo se ven culminadas en la obra de este autor, del que la baronesa es especialmente seguidora.

La «joya» es el Mata Mua, una magnífica síntesis de la experiencia de vida de Gauguin en Tahití, buscando (como Tita con su colección) la esencia del «paraíso perdido». El pico más alto del desarrollo del color en la obra del pintor.

Avanzamos ya a la ultima parte de la colección: la que comprende obras de todos los movimientos del siglo XX: expresionismo alemán (cuyo gusto heredó del barón Thyssen), o la maestría de ese genio del color que fue Kandinsky.

El cubismo, con un magnífico cuadro de Juan Gris, o el «fauvismo», representado por Matisse con esa locura de color que les caracteriza.

Finalmente, una sala que alberga ejemplos del arte norteamericano, del arte pop al fotomontaje, con obras de Charles Bell

o Richard Estes, con sus paisajes de ciudad moderna tan característicos.

La modernidad se abre camino con algunas obras propiedad de Borja Thyssen, que parece querer continuar con la tradición familiar del coleccionismo de pinturas.

DÓNDE:

Museo Thyssen Bornemisza

Paseo del Prado 8

Madrid

Volver al cielo de Madrid I

Nada como el verano para pasearse por el cielo de Madrid. Porque a Madrid hay que venir mirando para arriba, y el calor se lleva mejor desde las alturas.

Por eso comenzamos hoy nuestra ruta por un clásico: Doña Luz, en plena zona de la Puerta del Sol, desde donde el reloj nos saluda y los picos de iglesias y palacios nos contemplan.

Comenzamos con una ensalada de burrata ahumada sobre cama de tomates y pesto de albahaca, por aquello del frescor…

Seguimos con unos nachos con guacamole, jalapeños, pico de gallo y dados de salmón, realmente deliciosos.

Seguimos con patatas criollas con bacon, cheddar fundido, cebolla caramelizada y pico de gallo, que con su perfecta factura (crujientes por fuera y blanditas por dentro) resultan un acompañamiento perfecto.

Elegimos dos platos fuertes para acabar: lágrimas de pollo al estilo cajún con alioli de lima y cilantro;

y tacos mexicanos al pastor; dos apuestas seguras, frescas, coloridas y muy adecuadas para terminar la degustación.

Hemos disfrutado de vistas y comida típicamente latina en una terraza muy bien decorada, con un servicio fantástico y unos espacios muy reconfortantes. ¿Se puede pedir más?

Nuestro segundo espacio no queda lejos, pues la zona de Gran Vía es la que más propuestas nos ofrece para este «turismo» de altura.

Se trata de Osadía, una nueva terraza que nos pone ante los ojos la belleza de las alturas de Madrid. Nada como eso para disfrutar de esa luz maravillosa que tiene Madrid al atardecer.

Vamos a comenzar hoy con combinados, por aquello de ponerle color a la tarde. Un Bloody Mary estará bien.

Delante de nosotros, la visión de Atenea nos inunda, nos respalda, nos da energía y nos protege. Ay, ese cielo de Madrid…

Vamos a picar al estilo más puro del foro: empezamos con unas croquetas de cecina, con ese interior cremoso y ese ligero sabor que hace que sean especiales. Sirva decir que soy tremenda «croquetera», con permiso de mi admirado Juan Tallón.

Cómo no, no podían faltar las famosas patatas bravas, plato indispensable de esta ciudad. Aquí, sin embargo, son diferentes: con alioli de chiplote y palomitas de tocino. Y resultan.

Otro de los platos que no pueden faltar en un picoteo madrileño son los calamares; en este caso rabas de calamar con mahonesa de yuzu. Importante su rebozado, ese punto que tanto nos recuerda al sur.

Hay que esperar a que caiga la noche para disfrutar plenamente de la belleza del techo de Madrid. Sus luces, la vida de sus aceras, el sonido del tráfico de sus gentes; todo lleva a que esta ciudad te llene las venas de luz.

Esa luz que no pierde el azul ni de noche.

Otro paradigmático lugar nuevo en la capital es el hotel The Madrid Edition, que nos recibe con esta maravillosa escalera helicoidal, de una sola pieza, magnífica muestra de una decoración cuidadísima. No es casualidad que venga de la mano del creador del famosísimo Estudio 54.

El hotel está en el antiguo edificio de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid, rehabilitado fantásticamente, conservando la impactante puerta barroca de Pedro de Ribera.

El color, la vegetación, es el tema principal del local, con diversas zonas de barra, de comedor, terraza y piscina.

Un ambiente propicio para la reunión y celebración con los amigos, para esas charlas sin fin con copa en la mano.

El exterior nos ofrece también una zona de barra y mesas para una fresca cena de verano, rodeados de verde y bajo el olor de la glicina. Un magnífico lugar para disfrutar de una de esas veladas inolvidables.

Una zona de descanso permite un rato de lectura sobre el césped con unas vistas extraordinarias a la zona más céntrica de Madrid. Todo mejora desde las alturas, hasta el calor.

La piscina es un sueño que puede disfrutarse aún no estando alojados en el hotel. Un oasis en el centro de la ciudad desde donde acceder rápidamente a cualquier punto turístico destacable.

Alquilar una balinesa y pasar el día al fresco es algo que se puede hacer (no por un módico precio, claro) pero es interesante saber, en contra de otros hoteles de la ciudad, que está también está al alcance de los autóctonos.

El descubrimiento de este lugar bien merece un descanso… Y un «jaliguay». Nos damos el gustazo.

DÓNDE:

Doña Luz

Calle de la Montera 10/12

Osadía

Gran Vía 14

The Madrid Edition Hotel

Plaza Celenque 2

Con el verso a flor de piel

Hoy leemos verso. Cerramos los ojos y dejamos que la magia de la palabra nos inunde.

J.Santatecla nos ofrece con «Niño Mudo» belleza en estado puro.

Nos deja un regusto a ganas de seguir, a sabiendas de que nada será nunca igual después del desamor y a pesar de ello nos sigue pareciendo que el amor merece la pena: cada segundo compartido, cada abrazo, cada palabra proveniente de los labios del ser amado; cada una de esas cosas da sentido a la vida, aunque «a veces duela».

Gioconda Belli ha sido un descubrimiento fascinante.

Todo el lenguaje de Gioconda Belli es de una belleza hiriente; creación poética concebida como orgasmo, como parto incluso, en esa finísima línea que separa el goce del dolor, la vida de la muerte.

Se produce con la lectura de los versos de Gioconda ese placer burbujeante de noche achispada, esa sensación de hormigueo de antes del encuentro con el ser amado, o de después de la paz del acto sexual. Un escalofrío recorre la columna y una sonrisa se dibuja en los rostros, aunque estén cansados o vacíos. Un despertar, una mezcla de parasomnia y sobresalto, un zarandear las entrañas para dejarlas en paz, para zambullir las almas en la más esplendorosa de las bellezas.

En su libro «Los cactus también sienten», Naomi Estévez nos habla de lo que para mí es la auténtica filosofía de la vida: «Debería estar prohibido quedarse con las ganas de hacer algo»; de la decepción que produce alguien y la negativa a soltar lastre; hasta nos redescubre una palabra que a fuerza de usarla, ha perdido su brillo: «-Magia- y -amiga- son palabras formadas por las mismas letras. Y no creo que sea casualidad»; «Magia es disfrutar de las primeras veces otra vez».

El libro de Naomi no es un libro: es una guía de viaje al país de la felicidad. Una pequeña joya para tener siempre cerca.

Leer a Mamen Monsoriu no es sólo gozar. También es aprender. Alguien que es «capaz de hacerte ver de lo normal extraordinario y de lo extraordinario a tu alcance»; que nos recomienda: «no sientas por debajo de tus posibilidades» es, simplemente, sabia.

Mamen sabe cómo vivir, y también cómo hacer que todo a su alrededor resplandezca tanto como ella: «Y así, he hecho trampas: he sabido de quién rodearme». Porque no es que lo sepa, es que ella te transforma, te pinta de colores para que te quieras más: «Porque desde que tú me quieres, me quiero más».

Ella no escribe poesía. La vive, la crea, la moldea. Leer a Mamen es sonreír. «100 disparos» es así.

María Gómez Lara nos compensa el dolor con la palabra, porque el «Lugar de las palabras» es una tabla de salvación, un flotador que abraza nuestra alma niña; porque la palabra cura, la palabra tapona la herida para que no nos desangremos; la palabra une las dos partes de esa carne abierta que es un corazón transido.

Y aunque quede señal, será, como nos dice María, para no olvidar que se ha vivido: «Una cicatriz; una marca de haber sobrevivido».

A veces el dolor es la antesala de la paz.

El verso cura.

Las reseñas completas de los poemarios en mi cuenta de Instagram @carvillafuertes

Viajando desde casa. JULIO. PUGLIA

Hacía mucho que no viajábamos desde casa ¿Verdad? A veces hay que tomarse un respiro para coger impulso y seguir. Por eso nada mejor que continuar con una tierra donde, si nos perdemos, nos podrán encontrar: la Puglia italiana.

Nuestra anfitriona, la sonrisa más luminosa de la Apulia, nos recibe en la capital de la región, Bali, en una noche de fútbol hispano-italiano, aunados en el deporte. Perdimos, sí, pero disfrutamos tanto ..

Nuestro primer destino fue su pueblo natal, Cisternino; todo un dédalo de callejuelas blancas, encaladas, al estilo de nuestro sur o de las Cícladas.

Paseos entre terrazas de agradable estancia nocturna, frescas de día con sus estrechos pasillos. Cisternino es campo y agua, piedra y sol. Un maravilloso lugar para el descanso.

Seguimos hasta Alberobello, lindísimo lugar en el que nos sentimos como duendes viviendo en una de las edificaciones que dan fama a la población: un trullo; cabañas encaladas y coronadas con un techo en forma de cono. De origen agrario, su fresco interior es ideal para una estancia tranquila. Además, algunas tienen azoteas que permiten noches maravillosas a la luz de la luna.

Un onírico paisaje que hace de este lugar un imprescindible; cientos de estos edificios llenan el pueblo y se han convertido en tiendas y restaurantes. Un lugar muy especial, donde uno se siente como un duende en un escenario de cuento.

Ir a la playa en Puglia es una muy buena opción. Las del Adriático, con arenales blancos como en Salento, aguas cristalinas en litorales rocosos, con terrazas donde la buena gastronomía se une a la belleza del paisaje.

Largas caminatas, baños de sol, puestas de sol indescriptibles, lugares ideales para pasar un día de amigos.

En Italia los llamados «lidos» son lo que aquí conocemos como «chiringuitos». Toda la costa está llena de ellos.

Pero para mí, nada como Polignano a Mare; donde, si bien su playa de guijarros no es lo más atractivo, la belleza de sus edificios, encaramados en lo alto de acantilados de piedra caliza, lo convierte en uno de los lugares más atractivos de toda la zona.

Tierra del italianísimo Doménico Modugno, cuya estatua está ubicada en un espectacular mirador.

Si seguimos ruta, nos encontraremos con un prodigio de arquitectura barroca: Lecce, donde se aúnan el arte romano, con su anfiteatro y el barroco más exacerbado en la Basílica de la Santa Cruz, lo que la hace conocida como «la Florencia del sur».

Aprovechamos el rato para caer en una de las tentaciones del mundo italiano: un helado, cada cual a su gusto, y si es de carrito, mejor.

Bellos paisajes, aguas azules, carreteras sinuosas bordeando el tacón de la bota que es el mapa de Italia. Una experiencia fascinante.

Otranto, presidiando el canal del mismo nombre, une los dos océanos, Adriático y Jónico, eclosión de culturas que muestran su trayectoria desde el paleolítico. Monumentos de estilo románico, bizantino, renacentista o barroco hacen de esta ciudad una parada obligada. Verla desde fuera es todo un espectáculo.

Gallípoli, ubicada en el precioso golfo de Tarento, ofrece todo un abanico de atractivos: un centro histórico medieval magnífico, unas playas impresionantes y una vida nocturna muy atractiva. Con sus murallas, su puente de acceso, su fuente (la más antigua de Italia), la ciudad es un lugar para quedarse.

Una zona que no por poco conocida desmerece al resto de Italia; una joya oculta en muchos casos que merece una parada de atención.

«Los Ángeles de Felice» estuvieron aquí.

Y fueron muy felices …

(Perdón por la mala calidad de las fotos: móviles antiguos…😉😉)

Arte americano

Hoy visitamos una exposición de pintura que nos lleva directamente al más puro arte americano, y que nos permite, a través del arte, conocer la idiosincrasia del espíritu americano.

La exposición está dividida en cuatro grandes bloques, con obras procedentes de la colección permanente del Museo Thyssen, de la de Carmen Thyssen y préstamos de la familia.

La primera parte nos ofrece obras que hablan de la Naturaleza, concepto esencial en la formación de los Estados Unidos. La grandiosidad de los paisajes de la tierra americana unida a la tradición romántica que reinaba en Europa, hizo que las obras americanas de la época se impregnaran de religiosidad y patriotismo. Buen ejemplo de ello es este «Mañana» de George Inness, donde con un sentido poético pretende despertar una emoción.

Mark Rocko, con este «Sin título» (verde sobre morado), sigue también el afán de sobreimpresionar al espectador con su intensidad y luminosidad, creando emociones atemporales. Perteneciente a la Escuela de Nueva York, Rocko es uno de los más importantes maestros en la pintura norteamericana.

A partir del siglo XX, con autores como Jakson Pollock, se intensifica el interés por transformar la naturaleza a partir de la abstracción, en un afán por capturar las fuerzas internas de la misma, a través del contraste entre luces y sombras y las distintas texturas, rugosas o lisas, de la obra.

Una segunda parte de la exposición se referiría al cruce de culturas, a la aparición de la figura del hombre en los paisajes y su mezcla de etnias y culturas. La unión entre colonos europeos y habitantes indígenas llevó a la representación de elementos típicos de la cultura India, como en el caso de Bodmer, tanto de su vida cotidiana y sus costumbres como de los intercambios comerciales realizados entre ambas culturas.

Un paseo por las instalaciones nos deja ver lo magníficamente montada que está la exposición, con un adecuado tratamiento de la luz y una disposición muy correcta de los espacios.

Importante elemento en esta parte de la exposición son las obras de Sargent, quien alcanzó fama pintando retratos de la alta sociedad del momento,

aunque también podemos encontrar ejemplos, como el que se muestra aquí, de la clase trabajadora, en un alarde de realismo impresionista.

Uno de los mayores atractivos de la muestra es poder disfrutar de las obras del gran Edward Cooper, con varias obras donde nos muestra el tratamiento de la intensa luz de los veranos de Cape Cod, lugar donde pasó varios veranos, con sus típicas casas y faros.

Hopper además, introduce la tercera parte de la exposición, que es el ambiente urbano, con sus famosos retratos de personas anónimas, enfrascadas en sus actividades cotidianas

o captadas en ese especial y solitario silencio tan característico del arte de Hooper, que muestra la soledad de la ciudad moderna con personajes ensimismados en despersonalizados interiores. Comienza así la cuarta y última parte de la exposición.

A finales del siglo XIX, Nueva York ofrece un nuevo escenario urbano en constante transformación, con un concepto distinto de arquitectura y de sociedad. Surge así el «fotorealismo», con artistas como Richard Estes, que recogen en sus obras ese nuevo paisaje con fidelidad fotográfica.

Este nuevo concepto de sociedad trae consigo el de ocio, con la nueva distribución del tiempo, proliferando tanto los espacios de recreo como las manifestaciones culturales.

Las pin-up se convierten en icono en la década de los cuarenta. Obras como la de James Rosenquist hablan de las fantasías de la época y los sueños de vidas placenteras.

El arte pop, de la mano de artistas como Roy Lichtenstein, pone fin a esta muestra con sus características figuras de lenguaje cómic llenas de ironía, tratadas con esa técnica de puntos benday, de tan claros contactos con las artes gráficas. Un bello colofón para una exposición muy apetecible.

DÓNDE:

Museo Thyssen Bornemisza

Paseo del Prado 8

Hasta el 16 de octubre de 2022.

Algo más que comer

Hoy visitamos lugares en Madrid donde divertirnos comiendo. Lugares donde la fantasía se aúna con la gastronomía para hacer del momento de comer una fiesta.

Comenzamos con «Rosi la Loca», atractivo lugar donde la decoración nos rodea y sube por las paredes hasta convertirse en un sueño.

Pinturas, flores de papel, lámparas de coloridas telas, vajilla inverosímil, todo hace del espacio un carrusel de color.

La presentación de cada uno de los platos no puede ser más divertida, como este plato de croquetas servido en bandeja de cerdita. ¡Además están ricas!…

O esta burrata con pesto inyectable…

Los tacos vienen en la barriga de una vaca (¿Será por lo que llenan?).

Un arroz muy conseguido, quizá el único plato que viene emplatado en su forma tradicional.

Y como postre, tiramisú servido en cafetera italiana.

Coloridos y servidos en cerámicas de personajes de cuento, los combinados ofrecen el punto ideal para la conversación.

Como invitación de la casa, licor de hierbas, servido en tubos de ensayo. El experimento ha sido un éxito.

Otro sitio donde la originalidad es patente es en «Estando contigo», donde al entrar te sientes inmerso en un mundo de puro tebeo.

Nada es lo que parece y todos los elementos están dibujados, creando un ambiente onírico y bello a la vez.

El acompañamiento a la bebida ya es toda una declaración de intenciones: queso pan y aceite de oliva. Nos quedaremos a comer, en este lugar donde la degustación de vinos y cervezas es un ritual, con multitud de interesantes opciones.

Se trata de platos tradicionales, como las patatas con choco, que comemos con ganas como si estuviésemos en el mismísimo Cádiz, servido en plato de cerámica tradicional, de esos de reborde azul.

Continuamos con rabo de toro, guisado muy acertadamente, ya hemos decidido comer contundente… La carne resulta gelatinosa, con lo que se puede decir que es un éxito.

La tercera opción de hoy es un clásico pero renovado. Un lugar donde aunar el buen comer con el entretenimiento, gracias a sus conciertos, tanto diurnos como nocturnos.

Se trata del Café Comercial, altamente recomendable. Lugar igual para disfrutar de un magnífico brunch, comer exquisito o cenar en ambiente tranquilo.

Los conciertos dan un toque sofisticado al encuentro: jazz, blues o incluso monologuistas se alternan en el programa para hacer de la estancia un momento inigualable.

Yo no me puedo resistir nunca a un buen salmorejo, así que empezamos así, con este de tomate Raft y jamón ibérico. Un verdadero placer.

En contra de mi admirado Juan Tallón, soy una amante incondicional de las croquetas, así que probamos las clásicas de jamón y quedamos muy satisfechos.

La típica ensaladilla del local, plato fetiche que nunca decepciona, con esa suavidad que necesita para ser perfecta que le da la buena mahonesa y el punto diferente de pimiento rojo.

Una comida de platos castizos que disfrutamos con música de fondo en el salón de arriba.

En la planta de abajo, el Comercial conserva su aire de café antiguo, con reminiscencias de tertulia literaria. Todo un referente en Madrid.

Su terraza, centro de encuentro del todo Madrid, nos habla de aperitivos castizos de toda la vida y modernos brunch, encuentro de los domingos que se ha generalizado y llegado para quedarse.

Todo en una zona típica de Madrid, rodeado de cines, museos y zonas de compra, presidida por el kiosko de prensa, lugar de encuentro desde tiempo inmemorial. Algunas cosas nunca cambian…

DÓNDE:

Rosi la Loca

C/ de Cádiz 4

Estando Contigo

C/ de la Independencia 1

Café Comercial

Glorieta de Bilbao 7