Viajando desde casa. Febrero II SUIZA

Cada vez que veo la nieve recuerdo la belleza de las pistas de St. Moritz. Y cómo se deslizaba el trineo por aquellos caminos plateados en la noche.

La primera vez que pisé Suiza fue allá por 1988, en un recorrido que me llevó a distintos destinos del país. Comenzamos por Berna, la capital. Un lugar amable, bonito, tan tranquilo que nos resultaba aburrido.

Casas con flores en las ventanas, primorosamente cuidadas, torres de piedra con relojes que nos ponen al día de su tradición y pináculos que nos recuerdan lejanas tierras orientales.

Nos despedimos de Berna con dos cosas muy típicas de la ciudad: los tranvías y el osito, figura imagen de Berna.

De Berna pasamos a Lucerna, increíblemente bella, una de las ciudades más impresionantes que he visto, ideal para el paseo.

Lástima de fotos, cómo se nota la evolución de la misma, pero no vale usar actuales, los momentos fueron así… Bello el panorama de una ciudad medieval, que tiene sus orígenes en el siglo XII y ofrece, además de un agradabilísimo paseo por el lago, un entramado de calles con un encanto muy especial.

Quizá lo más llamativo es el puente de madera, culminado con la llamada Torre del Agua, visita obligada, por su belleza externa y las impresionantes pinturas en el techo con distintas representaciones de la historia de Lucerna y Zurich. Se pueden ver algunas zonas con restos del incendio que sufrió en 1993. Bella la imagen desde el puente hacia las torres de la muralla medieval del centro histórico de la ciudad.

Uno de los monumentos más populares de Lucerna es el llamado “Monumento al León”, la escultura de un león tumbado en una gruta en un parque cercano al centro, y que conmemora la muerte de unos soldados suizos durante la Revolución Francesa.

Hemos paseado por pueblos preciosos del Tirol, la belleza de estos parajes es algo espectacular. No hay verde más verde ni flores más coloridas, y cualquiera de estos pequeños pueblos son un remanso de paz.

Fachadas de madera y fachadas blancas con blasones pintados, puertas y ventanas de carpintería, que brillan con el sol como si fueran joyas.

De ahí a Ginebra, ciudad cosmopolita donde las haya, lugar ideal para asomarse al lago con un cóctel en la mano, con un alto nivel de vida.

Y al final, años más tarde, una vuelta a la nieve, a las maravillosas pistas de St. Moritz, cuya belleza es abrumadora.

Con un tiempo agradablemente soleado, tuve la oportunidad de recorrer, como una entusiasmada Heidi, los paisajes más fascinantes que he visto nunca con nieve.

El pueblo parece sacado de un cuento, con sus casitas de tejados inclinados y su pequeña iglesia.

Entre camino y camino, casitas y casas de ensueño, de intenso colorido, nos ofrecen espacios donde comer, beber o pasar unos días realmente espectaculares.

A medida que subíamos hacia las pistas, la nieve cubría cada vez más. Era el momento de ponerse las tablas…

Preparados para las bajadas, los almuerzos en los locales cool que encontramos, la emoción de las vistas espectaculares, la brisa acariciando nuestros rostros… Esquiar…

Y claro, el “apreski”, esos momentos de compañía cervecera, después de los paseos en trineo y las cenas de fondue suiza en chalets de madera. Esas noches de paseo en trineo, envueltas nuestras piernas en suaves mantas de piel, siempre serán recuerdo de habernos sentido como Lara, en “Doctor Zhivago”. Ese libro (y su correspondiente película) estará siempre unido a este viaje. En pocas ocasiones la película hizo mejor honor al libro en el que se basaba.

Belleza unida al paisaje, eso es Suiza.

Siguiendo el rastro

Con la alegría de volver a la satisfacción de las rutas, nos dirigimos hoy a la Ribera de Curtidores, una de las calles más famosas y recorridas de todo Madrid.

Hemos decidido pasearnos por el Rastro madrileño en una mañana entre semana, para ver la Ribera de Curtidores sin los típicos tenderetes del famoso mercadillo.

A lo largo de la Ribera de Curtidores encontramos tiendas de antigüedades y de segunda mano, donde encontramos objetos originales, de todo tipo.

Uno de los espacios más curiosos de ver en la zona son las llamadas Galerías Piquer, en el número 29, donde podemos ver diversas tiendas de antigüedades sobre una escalinata, y una galería porticada en la zona alta.

Es una experiencia muy agradable pasear entre piezas de arte de todo tipo: cuadros, lámparas, muebles…

Pasearse entre esculturas de jardín, cenadores antiguos es como encontrarse en una villa toscana.

La Galería tenía antiguamente el nombre de Galerías Isla de Cuba, pero desde su inauguración se la conoció como Piquer por la presencia en el acontecimiento de la tonadillera Concha Piquer, a quien pertenecían los solares.

Está presidido por una torre de diez plantas, donde se alternan negocios y viviendas particulares ( el cantante de los años setenta Patxi Andión vivió allí).

Los tejados abuhardillados de pizarra, los pórticos con columnas de tipo toscano hacen del espacio un lugar muy agradable de ver y diferente de todo lo que en arquitectura de encuentra en la zona.

Hay más galerías en la Ribera de Curtidores, como las “Nuevas Galerías”, enfrente de las anteriores, edificio en dos plantas en torno a un patio central.

En el patio, más tiendas de antigüedades y decoración, en torno a una farola con base de cerámica tradicional.

Continuamos nuestro paseo por la Ribera hasta el número 19, hasta encontrarnos con la librería “Los Pequeños Seres”, recientemente trasladada de otra zona de Madrid.

Entrar en este espacio es encontrar libros antiguos y últimas novedades, en una interesantísima amalgama de objetos, bellísimos, procedentes de diversas partes del mundo.

No hay una gran cantidad de libros, lo cual hace más íntimo y atractivo el espacio. Además, es un centro de actividades culturales: talleres de lectura, clases de yoga, filosofía… Un lugar para conocer.

Un lugar con personalidad, sin duda, donde merece la pena pararse…

Seguimos nuestro paseo hasta el número 9, donde encontramos un caso de las famosas “casas de malicia”, características de la época del siglo XVI, y llamadas así por mostrar en fachada menos pisos de los que realmente tenían, pues se pagaban impuestos por piso.

Justo enfrente, un edificio realizado a principios de siglo al estilo de los que se construían en la época (nos recuerda al del Ministerio del Aire) y con muchos usos posteriores relacionados con el Ayuntamiento. Actualmente recoge uno de los espacios dedicados a Mensajeros de la Paz.

Subimos los escalones hasta la Plaza Vara del Rey, donde los domingos se agolpan puestos de objetos de segunda mano y antigüedades, y donde nos dirigimos a una tienda especial, “La Recova”, donde podemos encontrar muebles y objetos de una personalidad impresionante.

La Recova, regentada por una pareja de decoradora/restauradora y escritor, con quienes es un placer cambiar impresiones, recoge muebles de los años sesenta/setenta, piezas únicas y particularísimas.

Existe otra Recova en el barrio de Salesas, en la calle Pelayo (otra de nuestras zonas estrella), y siempre es un placer conocer sitios así.

Pasamos por la plaza de Cascorro admirando la estatua de Eloy Gonzalo, el soldado más famoso de la guerra de Cuba, convertido en mito por haber protagonizado uno de los episodios más trascendentes de la batalla.

Frente a ella, la tienda Marihuana, muy conocida entre los amantes de ja ropa tipo “heavy”, tendencia que se observa ya en el escaparate.

Ropa y objetos de todo tipo pueden encontrarse en esta tienda que es un verdadero espectáculo.

Pasear por las calles de este barrio es de por sí un espectáculo, tanto por las “performances” que decoran algunas terrazas como por los personajes que podemos encontrar en ellas.

Seguimos la ruta y llegamos al Teatro Pavón, edificio singular, de los pocos ejemplos que tenemos en Madrid de arquitectura modernista.

El edificio fue diseñado por el arquitecto Anasagasti entre 1924/25 por encargo de una empresaria de quien tomó su nombre y es uno de los primeros ejemplos de art decó en Madrid.

Tras muchos cambios, finalmente en 2001/2002 recibió una reforma integral que le devolvió su aspecto inicial, recuperando sus elementos más característicos, como barandillas, serigrafiados y dibujos. Un edificio digno de ver.

Como nos encontramos cerca, visitamos uno de los lugares más típicos de Madrid: se trata de la taberna Antonio Sánchez, la “taberna de los tres siglos”

Creada en 1787, la taberna mantiene la decoración original más antigua de Madrid, lo que la hace única, pues mantiene elementos, como la barra de madera y las lámparas de gas totalmente originales.

Posee además, cabezas de toro, una de las cuales mató el torero Antonio Sánchez en su alternativa.

Visitar la taberna es como hacer un viaje al pasado, pues pueden verse firmas y fotografías de multitud de personajes de la vida social y cultural del país.

Desde fotografías y dedicatorias de toreros y artistas hasta el rincón donde el pintor Zuloaga se reunía con sus amigos y celebró su última exposición,

recortes de periódicos, artículos y cartas manuscritas junto a letreros de la época que sacan sonrisas y hablan de la forma de vida de nuestros antepasados.

Bajando las escaleras, un espacio de bodega donde en tiempos normales se realizan catas y se puede tomar algo. Sin duda un espacio que los madrileños y foráneos deberían conocer, por no hablar de su gastronomía. Quizá un cocido, unos callos, rabo de toro… A elegir.

Terminamos el paseo en la plaza de Tirso de Molina, rodeados de flores en sus famosos puestos, que le dan un colorido al espacio muy característico.

Compramos flores, cómo no, cada uno sus favoritas, y nos sentamos para realizar una de las costumbres más arraigadas en nuestra ciudad: el aperitivo.

Elegimos El 5 de Tirso por su agradable terraza, en tiempo de pandemia los interiores se quedan para una rápida ojeada.

Escoltados por la estatua del clásico escritor Tirso de Molina, que da nombre a la plaza, fraile y gran autor de comedias, disfrutamos de la cálida caricia del sol invernal de Madrid.

Con una cerveza en la mano terminamos este recorrido de mañana de barrio, que ha resultado altamente satisfactorio.

¡Hasta otra!

DÓNDE

Galerías Piquer

Ribera de Curtidores 29

Nuevas Galerías

Ribera de Curtidores 12

Librería Los Pequeños Seres

Ribera de Curtidores 19

La Recova

Plaza General Vara de Rey 7

(También en el barrio de Salesas, calle Pelayo 62)

Teatro Pavón

Calle de Embajadores 9

Taberna Antonio Sánchez

Calle del Mesón de Paredes 13

El 5 de Tirso

Plaza de Tirso de Molina 5

Viajando desde casa. Febrero I. COSTA ESTE USA. NUEVA YORK Y WASHINGTON

En febrero de 1987 fue la primera vez que estuve en Estados Unidos. Celebrábamos el 25 aniversario de bodas de mis padres y ése era su sueño.



La “Gran Manzana” se ofrecía a nuestros pies desde lo más alto: mi primera incursión fue en helicóptero, experiencia que recomiendo intensamente.



Era increíble estar allí, sobre la Estatua de la Libertad, tantas veces contemplada en posters e imágenes de televisión, y ahora podía casi alcanzarla con la mano.



Para disgusto de mi padre, que sólo quería conocer la gran manzana por ver transatlánticos y visitar Harlem, los muelles del puerto estaban vacíos: hacía dos días que había levado anclas el Queen Elizabeth. En la misma puerta del hotel cogimos un taxi esa noche rumbo al controvertido barrio.



Después de una animada charla con el taxista (sobre su país, Rumanía, que precisamente yo acababa de conocer), nos adentramos en Harlem con las ventanillas cerradas y los seguros echados. Casas quemadas y gente con aspecto poco tranquilizador y ni una foto del momento, es curioso.



Quizá lo mejor fue la toma de contacto con los maravillosos museos que la ciudad de Nueva York nos ofrece: fui feliz visitando el MoMA, el Guggenheim; una vorágine de obras de arte que no pude acabar en esa ocasión. Habría que volver.



Me hubiera gustado estar en el Rockefeller Centre en Navidad. Me hubiera puesto unos patines y volado… ¿A quién no le dan ganas de eso allí?



Un paseo por Central Park y a Washington, una ciudad que me pareció tranquila y sencilla para vivir, con un toque de distinción en la cantidad de trajes que se veían por la calle (yo entonces aún era un poco “hippie”). Directamente al Capitolio. Nos hubiera dado un ataque si nos hubieran contado el asalto del 2021…




Tuvimos la suerte de coincidir con la época de cerezos en flor, lo que hace de Arlington, donde visitamos el famoso cementerio en el que están enterrados militares y numerosas personalidades norteamericanas, como el presidente Kennedy, y de la misma ciudad un espacio aún más bello.








Un magnífico reencuentro con la historia de los Estados Unidos en el National Mall, con la tumba de Lincoln o el museo Smithsoniano, presididos por el obelisco en honor a George Washington.





Una visita al Museo Nacional del Aire y el Espacio nos puso en contacto con aviones, prototipos, naves espaciales, el primer avión que sobrevoló el Atlántico, interesante recopilación de los avances en aeronáutica y carrera espacial.



Para terminar, una visita a la Casa Blanca, donde por cierto vivía en aquella época Ronald Reagan y a sus puertas se concentraban grupos en protesta, aunque no recuerdo por qué. Cuando regresé, en 1994, ya mandaba Bill Clinton…







Cuando regresé a Nueva York por segunda vez, había más luz, los paseos por Central Park eran más prolongados y profundos,



hasta el edificio Dakota, a cuyas puertas asesinaron a John Lennon, la belleza del lugar nos atrapó.




Pasear por las calles, encontrar sitios icónicos y observar todo tipo de personajes a cual más curioso se convirtió en la actividad de cada día.









Paseos en limusina y noches de charlas en el apartamento del amigo que nos acogió forman ya parte del bagaje viajero de hoy.






El skyline de la ciudad (aún con las Torres Gemelas que tan angustiosamente vimos caer años más tarde) nos impactaba en los traslados a Staten Island,








y fue entonces cuando descubrimos Brooklyn, ese barrio plagado de galerías de arte y locales de restauración de última generación,



donde se estaban congregando artistas y personas con cierto nivel adquisitivo ya, y que tan bien describió el maestro Paul Auster en su “Brooklyn Follies”




Los recuerdos y los libros nos permiten viajar.

LEER ES VIVIR

Viajamos leyendo

La lectura nos está dejando viajar. Y gracias a ella nos podemos adentrar en otros lugares con otras vidas.

Ése es el caso del último de Leonardo Panura “Como polvo en el viento”, que nos lleva, a través de un grupo de amigos, a la Cuba más real, de los que se marcharon y los que se quedaron, con ese “cubanismo” que nunca se pierde. Para los que adoran el país y para los que no.

Leer a Hemingway es siempre una buena opción. Y conocer su vida también. En esta ocasión, un descendiente de quien compartió momentos con el autor, Andrea De Robilant, nos lleva de la mano, en “Hemingway en otoño”, a través de Europa y América, por escenarios donde el autor vivió y murió, con la intensidad que le caracterizó. Un viaje por el placer y el gusto por la vida.

Ali Smith comienza con “Otoño” una serie de escritos que serán las cuatro estaciones del año. En “Otoño”nos habla de la peculiar relación entre una niña y un anciano en la Inglaterra del Bréxit, aunque no haya nada de él en el libro. Una descripción de la Inglaterra más dickensiana en el día de hoy con un lenguaje muy particular.

Leer a Galdós es pasearse por Madrid. Y a eso nos ayuda el libro de Fátima de la Fuente del Moral y Enrique Fernández Envid “Madrid y Galdós, a encontrarnos con ese Madrid de rentistas y señoritos, recorriendo calles y plazas con ese regusto tan castizo. Un ameno recorrido por historias y anécdotas de ese viejo Madrid.

En esta ocasión, Pérez Reverte nos lleva en barco de Europa a Argentina, contándonos la historia de un amor extendido en el tiempo cuyos protagonistas lo pasean, en muy diversas condiciones, desde el baile de un tango hasta escenarios de la Costa Azul o la Amalfitana. Placer de encontrarse cosas y lugares bellos rodeados de lo que hoy llamamos “glamour” entremezclados con la más estricta sordidez.

LEER ES VIAJAR

Viajando desde casa Enero II MARRUECOS

Nunca antes había empezado el año fuera de casa. Aquel comienzo del 2008 aún no sabía que mi vida iba a cambiar, pero así fue.

Elegimos la ciudad de Marrakech, donde yo ya había estado hacia años y donde me apetecía caminar tranquilamente, pasear su zoco sin prisas ni horarios.

Aún no sabía que aquel viaje duraría poco por circunstancias adversas, por lo que caminar bajo el agradable sol de Enero y contemplar sus edificaciones era un placer.

Marrakech y sus cercanas cumbres nevadas, tan próximas al palmeral, sus estancias de lujos y colorido, su abigarrado y aromático ambiente de mercado. Sus noches de piano y champagne en La Mamounia nos parecía entonces el no va más del lujo.

Cuando vi todo aquello por primera vez, no me esperaba que todo ese calor me atrapara como lo hizo. Soñaba entre multitudes de gentes de ojos oscuros y amplios ropajes, quería probar sus manjares, comprar toda su cerámica,

subirme en una alfombra y volar sobre sus cabezas, ascendiendo más arriba de la Koutoubia incluso.

Por entonces era un mundo tan distinto al mío que parecía sacado de un cuento, un sueño cumplido al frotar la lámpara de Aladino…

Ahora podía entender esa gran parte nuestra que procede directamente del mundo árabe, y me paseaba por su arquitectura como si estuviese en casa, de tanto como me parecía nuestra.

Entendía así la mezcla de culturas que ha dado paso a nuestro carácter, en un país que ha sido crisol de civilizaciones.

De la opulenta Rabat a la evocadora Casablanca (aún sin terminar su famosa mezquita);

de la cosmopolita Tánger a la sin duda sacada de un cuento de “Las mil y una noches” Fez, el encanto y la curiosidad iba en aumento.

Pero nos quedaba lo mejor. Viajamos más hacia el sur, hasta Uarzazate, pasando por paisajes que eran puros escenarios de películas (literalmente), donde la imaginación te llevaba a lugares mucho más lejanos aún.

Y al fin el desierto. Por primera vez viví la emoción de esa luz, con el calor de la arena rodeando mis pies y el sol abrasando el total de mi cuerpo.

La inmensidad del desierto me cautivó, y sería la primera de muchas veces de sentirlo, en esta y otras latitudes. Y allí pude ver, arrastrando sus piececitos por la arena, al mismísimo protagonista de “El Principito” libro que protagoniza el viaje desde casa de hoy. En esta ocasión, además, en francés, regalo dedicado de un antiguo amor.

Además, entramos de lleno en su vida nómada viviendo en directo una boda bereber ( suerte de llevar una amiga cordobesa, apropiada para el papel de novia).

Un tranquilo final de playa en Agadir puso el broche de oro a un “paseo por las nubes” del pasado.

¡ Quién pudiera ahora volver a vivirlo! Gracias al recuerdo hoy podemos viajar desde casa.¡Juventud, divino tesoro!

Viajando desde casa. Enero I. CUBA

La última vez que nevó en Madrid fue en Enero de 2009. Yo sólo pude verlo en fotos, no estaba en casa. Estaba a miles de kilómetros, en las playas de Cuba, en aquel lugar donde siempre fui feliz.

Yo amo Cuba, amo su tierra, su gente, su alma; amo el ritmo trepidante del malecón de La Habana, con sus personajes variopintos en constante sonrisa irradiando música.

Amo La Habana Vieja con sus brillos y contrastes, con esa alma vieja que transmite siempre vida.

Amo la mezcla verde y marrón del paisaje de Viñales, donde sus mogotes parecen dinosaurios dormidos desde siempre, y sus hojas de tabaco se mecen al compás de un viento suave.

Amo el aire musical de Camagüey que impregna cada una de sus calles, contagiadas del sonido de La Trova que tiene allí su casa.

Amo el alma colonial de Trinidad, con sus almacenes vacíos y su hermosa decadencia, una princesa dormida que rezuma poderío y clase antigua.

Amo el sueño onírico de Cienfuegos, limitada en su bahía por soñados edificios, que parecen recién salidos de una mente de otro mundo.

Amo los inmensos arenales de las playas de Cayo Largo, donde llegas cual náufrago buscando la orilla, y donde recalas como si, cual Ulises renovado, encontraras por fin a tu Penélope que esperas.

Amo la calidez de los amigos de Matanzas como los que encuentras en las calles, herederos de un pasado que nos une en las raíces, con la mano siempre puesta en lo que tengan para darlo.

Amo el azul hiriente de Playa Girón, con sus vidas submarinas enroscadas en tus piernas y tus brazos, sintiendo el sol abrasador hasta debajo de las olas.

Amo también las alturas para verlo todo entero, toda la playa en Varadero, donde el placer se sirve en forma de mojito, y la piel se pone oscura como el frijol.

Nada es igual a nada en esta tierra de ensueño, donde el ayer es el hoy y el mañana quién sabe, y la imaginación corre paralela a la belleza. Nada es imposible en la “perla del Caribe”.

Hoy recuerdo, viajando desde casa, aquel último Enero en Cuba, como tantas otras veces, más veces que las dos manos, y Enero de hoy, cuando la primera página del libro que leo me ha llevado de nuevo a la isla: “Como polvo en el viento”, de Leonardo Panura.

Toda Cuba está en él, aunque no hable de playas paradisíacas (¿o sí?) o sones sentidos (que también), sino del alma que, dentro y fuera de la isla, late en sus hijos de una forma “cubanamente sagrada”.

Si se va el sol, siempre nos quedará el de allí. Ojalá pronto podamos volver.

Amapolas en Octubre

Hay veces que pasan cosas porque tienen que pasar. Una de ellas sería saber por qué me llamó la atención el nombre de esa librería recientemente inaugurada en el barrio de Chueca.

Lo leí en un artículo y según iba leyendo no me podía creer lo que veía. La dueña, la autora Laura Riñón Sirera, de cuya tercera obra saca la librería su nombre, había tenido ese sueño desde siempre, el de escribir y tener su propia librería, viniendo como viene de un sector completamente ajeno.

Pero éso no era lo más sorprendente. Lo que me llevó a pensar en la fuerza del destino fue su vinculación con el libro que abrió mi sed de lectura: Mujercitas.

La protagonista del libro, Jo, es posiblemente la inspiradora de montones de niñas que veían en el uso de la pluma su más íntimo gozo. Desde luego fue la mía, y cuando leí que Laura tenía en su librería un rincón dedicado a ella, no pude por menos que correr a ese lugar.

Y al llegar encontré un lugar mágico, que envuelve con su aura, que invita a una charla tranquila en torno a un café, o, mejor aún, un vino, otro de los puntos que me hizo conectar con Laura: un vino y un libro… ¿Quién da más?

Una vez dentro, mirando por encima los libros que podían encontrarse,no pude por menos que comprar uno, que me saltó a la vista de una forma impactante: la bonita edición de Mujercitas que se ha realizado en conmemoración de su sesquicentenario.

Amapolas en octubre es mucho más que una librería, es un espacio cultural, el salón de la casa de tus amigos, un lugar donde aprender y compartir. Y no hay nada que me guste más que compartir vivencias.

Espacios acogedores, para el encuentro y los talleres, acompañados además por una conocida marca de cerveza, bien fresquita.

Presente también el aura mágica de Virginia Wolf, importante y evocadora autora para las amantes de la escritura.

Al bajar al espacio del piso inferior, mi mirada reparó irremediablemente en una de las fotografías que lo adornan, la de los protagonistas de mi película favorita: Tal como éramos.

Entonces sentí el irremediable deseo de presentar mi próxima obrita en este pequeño espacio en ladrillo blanco y madera, un nuevo sueño que cumplir.

Y como traca final, la leyenda que preside el local, resumen de mi vida que yo no podría haber expresado mejor…….

Érase una vez

una puerta

cerrada,

una ventana

abierta y una

mujer valiente.

FIN.

Gracias Jo, gracias Laura!!!

Dónde: C/ Pelayo 60

Barrio Salesas- Chueca

Paseo por el centro

Hoy nuestro paseo es largo, de barrio en barrio, por el centro de nuestro querido Madrid.

Hemos empezado bajo la estatua de Valle Inclán que el Círculo de Bellas Artes le dedica en el paseo de Recoletos. Durante la Navidad, se coloca una feria de artesanía, donde podemos disfrutar de piezas de orfebrería, cerámica y muchas cosas más.

Un paseo por los puestos de artículos hechos artesanalmente: cerámica, bisutería, sedas y marroquinería, todo cabe en esta feria.

A la hora de comer, nos dirigimos a Dspeakasy, segunda apuesta del maestro Diego Guerrero en Madrid, doble estrella Michelín con su Dstage ( también en la zona).

No se trata de una “segunda marca”, sino de un local con personalidad propia, con un concepto moderno y quizá más “sport,” sin menú degustación, complementario a su Dstage con un menor precio pero sin perder su altísima calidad.

Con un concepto minimalista en la decoración, en estos tiempos de pandemia aún destaca más su aspecto industrial. Por ese motivo de tiempos complicados, el chef decidió tachar el “easy” del primer nombre; nada ha sido fácil en este tiempo.

Comenzamos, después del aperitivo de pan de calabaza y mantequilla de aguacate, con su famosa Crema de Apionabo con huevo y setas, una auténtica delicia. Su propuesta de servirlo en su propia raíz como en un nido es acertadísima.

Continuamos con mejillones con boniato y zanahoria… No sé qué hace este hombre con los sabores, pero no pueden ser más exquisitos.

Faltan las palabras para definir sus torreznos. Éste es uno de los sitios donde paladear es la única opción.

Seguimos con otro de los platos estrella: el gamba roll, con el que el maestro da una vuelta al concepto de perrito caliente que hay que probar. Exquisito.

Terminamos con un postre de chocolate blanco que parece un trampantojo de torta del Casar. Indescriptible. Ni sabe a chocolate ni sabe a queso. Sabe a gloria.

Hemos acompañado el menú con un vino natural, Correcaminos, con la frescura de la primera prueba de vinificación. Un acierto.

Después de tan grata experiencia, continuamos el paseo por la calle Hortaleza hasta el Horno San Onofre, una de las más antiguas y reconocidas pastelerías de Madrid.

En su escaparate hemos podido ver sus afamados roscones de Reyes y la felicitación de Navidad que este año nos hace con la representación en dulce del famoso edificio Metrópolis de Madrid.

Como acabamos de comer no caemos en la tentación y seguimos hasta la librería Pérez Galdós, fundada en 1942 por antepasados del novelista madrileño de quien lleva su nombre, en la misma calle donde fundó su editorial, en el número 132.

Una imagen del escritor preside la original fachada. En el interior, un sinfín de título antiguos y modernos, con algunas joyas dignas de coleccionistas.

Nuestra próxima parada es cerca de la famosa plaza de Pontejos, genial alcalde de Madrid, responsable de su modernización a finales del siglo XlX.

Koker es una tienda de ropa informal, divertida, con un punto canalla que me encanta. Su decoración, su género diferente y único hacen de ella un buen sitio para curiosear y encontrar ropa original.

Enfrente, otra tienda divertida, ropa con exceso para momentos diferentes.

El paseo nos lleva por la calle de la Bolsa, donde, en el número 10, encontramos un edificio que reúne todas las bellezas propias de los inmuebles antiguos.

Cuenta con un portal precioso, donde se han conservado las maderas y las columnas de hierro originales,

así como patios interiores tan típicos como agradables.

Seguimos el paseo hasta los aledaños de la Plaza Mayor, donde paramos a contemplar el escaparate (algo caerá para casa) de una de las más antiguas tiendas de “variantes” como se decía antes, de la zona.

Los hermanos Bermejo crearon a principios del siglo XX una franquicia de mantequerías ( de las que sólo quedan dos) y dónde actualmente podemos encontrar toda clase de dulces típicos de todas las zonas de España, especialmente de Madrid.

Con un par de paquetitos más, nos dirigimos a un una original tienda, “Madrid al Cubo”, que ha sabido reinterpretar el concepto de “souvenir” creando piezas realmente curiosas.

Si eres de fuera y quieres un recuerdo de Madrid, éste es el lugar, pero si eres castizo y quieres pasar un buen rato y llevarte un trocito de tu infancia o adolescencia, también esta tienda es para tí.

Terminamos nuestro largo paseo de hoy en la Plaza Mayor, incuestionable bastión de nuestra monumentalidad, y parada obligatoria para el que viene de fuera.

En esta ocasión, adornada y pertrechada para la Navidad. ¡A disfrutarla! ( Ya sabes, si llegas a buena hora, cómete un bocata de calamares)

DÓNDE:

Dspeakeasy

C/ Fernando VI 6

Horno de San Onofre

C/ Hortaleza 9

Librería Pérez Galdós

C/ Hortaleza 5

Koker

C/ Esparteros 5

Hermanos Bermejo

C/ Zaragoza 2

Madrid al Cubo

C/ de la Cruz 35

Delicias de mi barrio

Salimos hoy por el barrio porque lo que tenemos cerca no debe ser olvidado. Y le debemos un homenaje a esos lugares de siempre.

Empezamos por El Cantábrico, paladín donde los haya de los aperitivos de fin de semana, esos de los que no hace falta comer después.

Su barra es un clásico, con sus mariscos, variantes y chacinas, todo de la mejor calidad.

Me veo de pequeña arrastrando la banqueta a la barra y sigo llegando aquí con la misma emoción en busca de satisfacción gastronómica.

El pequeño espacio de restaurante que tiene el local, nos lleva al norte de tirón, con sus marinas y fotos antiguas. Después de un aperitivo acompañado de la cerveza mejor tirada del mundo, nos disponemos a probar alguna de las delicias de la casa.

Optamos por un centollo, que, junto con las cigalas que hemos visto en el escaparate, nos van a hacer pasar un buen rato. Aquí todo es de máxima calidad.

Si no te gusta la cerveza, un Verdejo o un Albariño también son buenas opciones. Y, por supuesto, boquerones en vinagre (deliciosos) con patatas fritas… ¿Hay algo más típico de aperitivo madrileño?

Y ya puestos, si se trata de un día especial, rematamos con unas ostras… Un día es un día.

El ambiente relajado y entrañable nos ha acompañado desde que entramos, no en vano es uno de esos sitios “de toda la vida”.

Después de semejante homenaje hace falta un café o una infusión. Así que llegamos hasta la esquina de la calle y entramos en la pastelería de nuestra amiga Arlette, que en su “La Mimé” nos ofrece un encantador espacio afrancesado.

Arlette, que realiza artesanalmente todos sus productos, es chef repostera formada en la prestigiosa escuela de cocina Le Cordon Bleu, y se caracteriza por su estilo innovador al mismo tiempo que sano, sin usar conservantes.

Es difícil elegir, pues aparte de su tarta de zanahoria (quizá la más conocida) la pastelería ofrece un amplio abanico de opciones de pastas, pasteles, panes y bizcochos a cual más atractivo.

Yo, fiel a mi pastel de chocolate y naranja y mi bizcocho de limón, repito, pero da igual lo que tomes.

Además, Arlette sigue teniendo la misma sonrisa que en aquella otra vida hoy lejana que compartimos, cuando te la encuentras fuera de su búnker-horno.

Antes de irnos a casa, pasamos por otro templo de la pastelería del barrio, “La Húngara”, al otro extremo de la calle.

Otra tradición ineludible de la Navidad, la compra de las frutas escarchadas, esos discos de naranjas….

No quita esa costumbre sus famosas barras de manzana y de frambuesa, espectaculares, todo con un aire austro- húngaro típico del local.

Con eso creo que ha llegado la hora de pasear, para bajar lo que se haya comido.. que no es todo para hoy ¿eh?

DÓNDE:

El Cantábrico

C/ Padilla 31

La Mimé

C/ Padilla 41

La Húngara

C/ Padilla 33

Leyendo con corazón

Las lecturas que hoy proponemos llegan al corazón.

Una vez más, Máximo Huerta nos coge de la mano para llevarnos al mar, para hacernos escuchar el rumor de las olas y sentir en la piel el abrazo del sol aún en plena ciudad. Con el “Susurro de la caracola” un tierno sueño se convierte en realidad.

Alejandro Palomas es un maestro escribiendo para el corazón. En su “Tiempo del corazón”, nos atrapa en un universo de sentimientos encontrados para enseñarnos que el empuje que da el amor está por encima de cualquier otra cosa.

En “El tiempo que nos une” Palomas nos vuelve a regalar una novela con corazón. Una vivencia de mujeres de familia, en torno a la figura de una nieta y una abuela que nos toca de lleno.

Aroa Moreno nos ofrece en “La hija del comunista” una historia bien documentada, vivida, de lo que fue participar de ese momento de la historia que a día de hoy se nos antoja un tanto desfasado y que sin embargo tanto llenó la época. Emotiva y sincera, merece la pena.

Uno de los descubrimientos del año, Amor Towles, con sus dos novelas, se ha hecho merecedor de una mención de honor en mi ranking. En el caso de “Un caballero en Moscú”, nos lleva de la mano por un encierro en un hotel (especial ha sido haberlo leído en el momento de confinamiento) que sufre un noble. Las vicisitudes por las que pasa el personaje y otro que aparece y será crucial, nos conducen a través de emociones y divertimentos, hasta desembocar en uno de los mejores finales que recuerdo este año… No digo más, para leerlo, sí o sí.